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sábado, 13 de febrero de 2010

Mártir


En ciertas partes del techo la humedad ha pasado factura, la pintura esta cayéndose; como si hubiera un ataque de caspa en cualquier lugar de la habitación.
Un retrete en el rincón, grilletes oxidados, el piso maltratado por mis numerosas caídas, y mi cuerpo magullado en el olvido.
No hay espejos, y los días transcurren sin más variaciones que la reducción de comida y el aumento de los golpes.
He desvariado en pesadillas, o despierta, la noción real del tiempo no es algo innato a mi condición actual. No se si han pasado años, no se si han pasado siglos, porque al parecer mi cuerpo ha envejecido a raudales bastante serios.
Mi cabello rapado, mis senos marchitos que son usados por bocas-manos que quieren arrancarme puñados de libido perversa, no entiendo porque siguen tocando un cuerpo lleno cada vez mas de cicatrices no merecidas y huesos como protuberancias, como el hambre que pugna por salir y gritar.
Hay momentos en los que trato de mantener la lucidez, entonces camino y los 4 metros siguientes a donde me encuentro se vuelven un desierto, un largo camino desértico donde nada mas hay a los lados estatuas de hombres malvados, demasiado grandes y demasiado fuertes, que miran seriamente mi andar descalzo, desvalido, ausente en la tierra, carente de recuerdos firmes.
Y muy lejos... muy lejos, una puerta que nunca se abre para bienestar mío, es como un portal entre dos dimensiones, y yo me encuentro en un túnel transversal que usan los viajeros para descansar, divertirse, desahogar su rabia y malcriar la perversidad latente en sus manos llenas de mi sangre. Desde violadores con látigos y dagas delicadas, hasta mujeres con esponjas que no me miran a los ojos ni responden a mi llanto más que con brusquedad y enojo. Acaso reconocí alguna vez un dejo de compasión que se esfumo cuando grite ayuda, desde entonces he renunciado a la idea de la solidaridad, habiéndola olvidado, habiéndola dejado lejos, allá, con mi hogar o la idea que tenia de el.
Ningún hombre me había tocado y al cruzar aquella puerta encontré golpes masculinos llenos de una virilidad insegura que se derrumba con el tiempo y que necesita reafirmarse con la violencia.
Se me ha acabado la inocencia, y no recuerdo que hay más allá de estas 4 paredes y el olor a mis propias micciones que emanan del retrete sucio y oxidado en la esquina.
No tengo espejos, pero adivino mi apariencia al palpar mi sangre seca, mi sexo húmedo de inmundicia, y mis ojos con lagrimas tan secas como el desierto... en el que vuelvo a caminar desesperada tratando de encontrar cordura, alejándome de mi cama de lona dura, acercándome a una puerta, con la que fantaseo día y noche, pero que nunca se abre para mi propio bienestar.
Fotografia: Vomito de flores